La hipoteca social del periodista
Juan Bolívar Díaz
Al
concluir el último tramo de la primera década de este siglo 21 que nació con
tantas promesas de redención humana, el mundo se enfrenta a lo que podría ser
la peor crisis de su historia, con repercusiones no sólo económicas, sino
también sociales y políticas.
Todavía no se visualiza el horizonte de esta crisis
financiera y económica, pero hay consenso en que ha puesto fin a tres décadas
de salvaje neoliberalismo económico y
absolutismo del mercado, obligando a replantear
regulaciones que pongan límites a los inconmensurables afanes humanos de
acumulación y dominación.
La conjuración de la crisis a la que asistimos pasa
inevitablemente por una masiva intervención estatal no sólo para restañar las profundas
heridas de la economía internacional, sino también para evitar otras recaídas,
para lo cual es imprescindible restaurar el papel regulador del Estado.
Como es
natural, la crisis económica conlleva repercusiones sobre esa actividad humana
fundamental que es la comunicación, impactando sobre algunas de sus expresiones, como la del
periodismo escrito que ya arrastraba serias dificultades, y que tendrá que
transformarse profundamente si quiere mantener una parte significativa del
papel que le ha reservado la cultura humana.
Como
las legendarias torres gemelas de Nueva York, la arquitectura económica
internacional ha sufrido una abrupta demolición, y no por una sola acción
demencial de fanatismo político-religioso, sino a consecuencia del gusano de la
autodestrucción que fue carcomiendo sus bases, mientras nos entreteníamos con
las teorías de la reducción del Estado. El fundamentalismo económico-político ha
resultado más demoledor que el fundamentalismo político religioso.
La cuantificación de los planes de rescate de la economía
internacional es de tal magnitud que no puede ser asimilada por la mayoría de
la población. En octubre el expresidente George Bush lanzó un plan de rescate
de 700 mil millones de dólares. Al presidente Obama se le aprobó otro de 825
mil millones de dólares. El gobierno de Gran Bretaña acopió 400 mil millones de
libras esterlinas, equivalentes a más de 600 mil millones de dólares. Los
gobiernos de Alemania, Francia, España y las demás naciones desarrolladas
también han tenido que poner sobre el tablero sumas multimillonarias para
sostener o enderezar sus sistemas financieros y para tratar de reactivar la
alicaída economía. Para los mismos fines
en la reciente cumbre del Grupo de los 20, celebrada en Londres, se acordó reunir
un millón de millones de dólares.
Por cierto que al declararse la crisis internacional en
septiembre el consorcio que dominaba la economía mundial apenas estaba
integrado por siete países: Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Alemania,
Francia, Italia y Japón. Entonces el presidente del Banco Mundial, Robert
Zoellick planteó que aquel club ya no era suficiente pidiendo su ampliación a
un G-14, con la inclusión de Arabia Saudita, Brasil, China, India, México,
Rusia y Sudáfrica. La urgencia y el
cambio han sido tan grandes que en noviembre no se reunió en Washington un
G-14, sino un G-20, al adicionar también a Argentina, Australia, Corea del Sur,
España, indonesia y Turquía.
Como siempre ocurre no faltan quienes han llegado al extremo
de augurar el fin del capitalismo. Pero por lo menos hay consenso en que el
salvajismo neoliberal que barrió con las regulaciones estatales está liquidado.
El Nóbel de Economía Paul Samuelson considera que esta debacle es para el
capitalismo lo que la caída de la Unión Soviética fue para el comunismo”. Para
el ministro de Finanzas de Alemania, Peer Steinbruck, “Estados Unidos va a
perder su estatus de superpotencia del sistema financiero mundial”, como
consecuencia de la crisis. Augusto de la Torre, director para América Latina
del Banco Mundial coincide en que por lo menos “se disipa el protagonismo de
los Estados Unidos” cuando el mundo vive “un punto de inflexión que va a
redibujar algunas características notables de la economía mundial”.
Durante meses hemos asistido impávidos a una interminable
sarta de revelaciones del nivel de voracidad que desarrollaron los ejecutivos
de las finanzas, del comercio y las
industrias mundiales, en especial los que desde Wall Street se constituyeron en
el más grande poder económico-político de la historia.
Hasta entonces era inimaginable que Bernard Madoff, él
solito, pudiera estafar a inversionistas con más de 50 mil millones de dólares,
o que las cinco mayores bancas de inversión fueran desmoronadas en cuestión de semanas,
o que entidades emblemáticas como Citibank, General Motors o Crysler tuvieran
que recibir del Estado decenas de miles de millones de dólares para mantenerse
precariamente en pies.
En la medida en que se hurga en las raíces de esta crisis se
va descubriendo la subordinación del sistema comunicativo internacional a los
poderes hegemónicos de la economía. Por eso nunca se nos informó de las enormes
burbujas de la banca hipotecaria que generaba ganancias virtuales o ficticias.
Tampoco sabíamos, que los ejecutivos de las financieras quebradas pudieran
cobrar sólo en el 2008 bonos por la fabulosa suma de 18 mil 400 millones de
dólares. Ni que Dick Fuld, presidente de la financiadora Lehman Brothers, quebrada
tras más de 150 años de existencia, cobrara
256 millones de dólares en 10 años. Menos
aún pudimos informarnos de que grandes ejecutivos de las finanzas cobraban
hasta 17 mil dólares por hora.
Para el afamado periodista y filósofo Ignacio Ramonet la
edad de oro de Wall Street se ha acabado, lo mismo que la etapa de exuberancia
y despilfarro de una aristocracia de banqueros amos del universo. Como prueba
del fracaso del sistema cita las masivas intervenciones estatales para conjurar
la catástrofe, demostrativas de que los mercados no son capaces de regularse
por sí mismos, que se han destruido por su propia voracidad. Además de que han
confirmado “una ley del cinismo neoliberal: se privatizan los beneficios pero
se socializan las pérdidas. Se hace pagar a los pobres las excentricidades
irracionales de los banqueros, y se les amenaza, en caso de que se nieguen a
pagar, con empobrecerlos aún más”.
Al comentar el desplome del sistema financiero británico el
analista Philip Stephens, del Financial Times londinense recurrió a una
hipérbole propia de los extremistas. En estos momentos, expresó, “no se me
ocurre una política más popular que fusilar a los banqueros y nacionalizar los
bancos”.
El desenfreno generado por la ausencia de regulaciones y el
reinado del mercado es tan grosero que aún después de las masivas intervenciones
estatales y con el dinero de los contribuyentes, muchos ejecutivos siguieron
pagándose multimillonarias bonificaciones, lo que produjo la indignación del
presidente Obama, quien condicionó operaciones de salvataje a la renuncia de
magnates, y llevó al procurador general de Nueva York a abrir una investigación
para establecer qué hacer ante el hecho de que aún tras la debacle de la financiera Merrill Lynch sus ejecutivos
se habían atribuido bonos por 4 mil
millones de dólares.
Debemos admitir que este derrumbe de lo que hasta hace poco
se creían certidumbres indiscutibles nos
tomó a todos por sorpresa. Creíamos que sólo en países de capitalismo retrasado
y de precaria institucionalidad, como la República Dominicana,
era posible que los banqueros pudieran tejer un entramado para apropiarse
masivamente de los ahorros ajenos y que se atrevieran a traspasarse a sus
cuentas y sus empresas el dinero que el Estado disponía para contener el
contagio de la crisis financiera.
A estas alturas de la catástrofe y sin que todavía se pueda
vislumbrar por cuánto tiempo se extenderá, ni cuántos cientos de millones de
pobres engendrará en todo el mundo, debe haber quedado claro el fracaso del
neoliberalismo, del absoluto dejar hacer dejar pasar confiando en las auto regulaciones
del mercado. La codicia humana y el afán de concentración del poder están por
encima de toda lógica y obligan a restablecer límites y normas.
Como era lógico esperar, la recesión internacional tiene
severas repercusiones sobre el sistema comunicativo, y muy especialmente sobre
el periodismo escrito, progresivamente debilitado por la competencia que le han
impuesto las nuevas tecnologías de la comunicación y por la pérdida de
credibilidad que se traduce en reducción de lectores y lógicamente de anunciantes.
La recesión económica tiene impacto directo sobre el
periodismo, particularmente el impreso, el cual viene perdiendo terreno desde
la pasada década en todo el mundo, con
la desaparición de periódicos, la reducción de su circulación y en consecuencia
de sus ingresos por publicidad.
La
situación de los más grandes y reputados diarios norteamericanos es suficiente
para ilustrar la precariedad del periodismo escrito. The New York Times, Washington Post y Miami
Herald declarados en crisis; Chicago Tribune y Los Angeles Times en bancarrota.
El gran diario de Nueva York arrastra pérdidas ya superiores a los mil millones
de dólares.
Más de un centenar de diarios han dejado de circular en
Estados Unidos en los últimos 15 meses, muchos de ellos convertidos simplemente
en periódicos digitales, pero sin suficientes ingresos para mantener las
nóminas de periodistas y las investigaciones que podrían sustentarlos.
En un estudio del Proyecto para la Excelencia en
Periodismo del Centro de Investigaciones Pew dado a conocer hace un mes en
Washington se cataloga de sombría la perspectiva del periodismo, sosteniendo
que “la industria del periódico terminó 2008 en forma preocupante y comenzó
2009 en algo peligrosamente cercano a la caída libre. Sus ingresos publicitarios
se redujeron 23 por ciento en los dos últimos años.
No menos preocupante fue el panorama descrito en la última
reunión de la
Sociedad Interamericana de Prensa, celebrada a mediados de
marzo pasado en Paraguay, donde Milton Coleman del Washington Post sostuvo que
la mayoría de los diarios norteamericanos sobreviven con dificultades
acentuadas por la recesión global, mientras muchos otros simplemente quebraron.
En realidad la caída del periodismo escrito no comienza con
la recesión global que nos afecta, sino que data por lo menos de las últimas
dos décadas. Ya a comienzo del siglo se sostenía que la venta de diarios se
reducía mundialmente en 2 por ciento anual, tasa que se ha elevado a 3 y hasta
4 por ciento en los últimos años en Estados Unidos, la Unión Europea y
Japón.
El primer factor a que se atribuye esa decadencia es a la
red de Internet con sus inmensas posibilidades de comunicación instantánea.
Mike Hoyt, director de la Columbia Journalism Review dijo a la agencia EFE
el pasado 4 de abril que la prensa enfrenta dos problemas: “una terrible
recesión y una revolución digital de largo plazo. El primero desaparecerá, el
segundo no, y nos hará pasar una profunda incertidumbre que cambiará
radicalmente el modelo de negocio”.
El drama de la prensa escrita fue maximizado por Philip
Moyer en su estudio The Vanishing Newspaper Saving Journalism in the
Information Age, publicado a fin del 2004, en el cual llega al extremo de fijar
el 2043 como el año en que desaparecerán los periódicos.
Seguramente Moyer pasará a la historia entre los máximos
fabuladores, y nos burlaremos de su vaticinio como lo hacemos hoy de Francis
Fukuyama, el académico norteamericano de origen japonés que entusiasmado por la
caída del Muro de Berlín, y en pleno apogeo del neoliberalismo se atrevió a
vaticinar en 1989 el fin de las ideologías y de la historia.
No debe caber dudas de que el Internet representa una dura
competencia para el periodismo escrito y hasta para el televisivo y radiofónico
y todavía no alcanza más que a una quinta parte de la población mundial, que puede ser ya más de la mitad de los que
tienen posibilidad de adquirir un diario. Los sitios en la red alcanzaron los
168 millones en mayo del 2008, de ellos 68 millones activos, según la firma de
investigación Netcraft. Los periódicos
digitales se cuentan por miles y son una realidad tan contundente que han
obligado ya a más del 90 por ciento de los diarios impresos a colocarse también
en la red global.
Pero según el informe del 2008 de la Asociación Mundial
de Diarios, todavía se venden cada día en el mundo 532 millones de ejemplares
de 11 mil 926 periódicos que son leídos por más de mil 700 millones de personas.
Eso da un poder suficiente para seguir trazando la agenda y el rumbo de la
política, la economía y los gobiernos. Es cierto que la velocidad,
potencialidad y bajo costo de la comunicación internáutica representa una
amenaza mayor a los impresos, pero también fue grande el desafío que representó
la generalización de la radiodifusión despuntando el siglo pasado, o del
lenguaje total de la televisión a mediados del mismo. Entonces también se
produjeron vaticinios catastrofistas sobre el futuro de los impresos, que el
tiempo demostró desproporcionados.
Lo que nadie puede dudar es que el periodismo escrito precisa de una reingeniería más profunda que la que hubo de
practicarse cuando se registró el gran impacto de los medios audiovisuales.
Ahora no será tecnológica como la de mediados del siglo pasado, cuando la
industria editorial dio el salto a lo iconográfico, al full color y a la revolución
de la impresión, mientras escritores e investigadores daban un nuevo contenido
a periódicos, revistas y libros.
Es verdad que proporciones apabullantes de las nuevas
generaciones prefieren la comunicación digital y que una parte significativa
llega al nivel de la adicción, lo que afecta también a la televisión y relega
la radio al automóvil. En realidad lo que muchos padecen es de profunda
soledad, de hedonismo e individualismo, de incertidumbres y ausencias de
paradigmas en unas sociedades terriblemente excluyentes, con medios que no
comunican ni promueven los valores comunitarios, que cada vez más rinden culto
a la banalidad y a la alienación deportiva, configurando seres humanos
despersonalizados, indiferentes y confundidos.
Esa
preferencia de las nuevas generaciones se puede explicar en la distancia que ha
establecido el sistema comunicativo con los intereses concretos de la sociedad
y especialmente de las nuevas generaciones que no se sienten interpretadas por
los periódicos y noticiarios y por consecuencia los consideran irrelevantes. La
red es una puerta de escape y una posibilidad de las mayorías de participar en
el proceso comunicativo, sin tener que pagar por lo que optan. Desde luego, hay
que contar con que esos jóvenes se irán poniendo viejos y más susceptibles a
una revalorización de la cultura del impreso.
La continua revolución tecnológica del siglo pasado, junto a
la transnacionalización y la globalización de la economía y la lucha por el dominio
de los mercados, determinaron un encarecimiento de los costos
infraestructurales y productivos que irían creando un muro de separación entre
los medios y las comunidades.
Como nunca antes en la historia humana se precisa de mucho
dinero para instalar y sostener un diario o un canal de televisión. Deviene así
el proceso de concentración del poder de comunicar en los grandes conglomerados
financieros, que primero acapararon los periódicos, comprando o asfixiando a
los pequeños, a los que estaban más cerca de las comunidades, a los que
representaban los intereses populares, para imponer el predominio de los
grandes capitales. Después se dedicaron a coleccionar emisoras de radio y
canales de televisión, se apoderaron del telecable, de las redes telefónicas y
las productoras de todos los bienes culturales.
Con la complicidad de los políticos y los gobernantes, casi
siempre al servicio de los grandes conglomerados económicos, se crearon los
monopolios verticales y horizontales de los medios de comunicación. Los que no
se rendían eran ignorados, aislados o agredidos abiertamente. El poder de los
tiburones de la comunicación gradúa políticos y pone y quita gobernantes.
Así fue como el público, los lectores y televidentes fueron
convertidos en masa dominada a la que se le vende información y se le niega el
derecho a participar en el proceso comunicativo. En los cenáculos de los
grandes editores hasta se regateaba el derecho a réplica, que se reducía a la
gentileza de publicar una breve carta en una página reservada para esas
minucias.
Vale la pena echarle un vistazo ahora al famoso informe de
la comisión que encabezó el irlandés Sean McBride, fruto de un estudio de
expertos encargado por la Conferencia General de la UNESCO reunida en Kenia en
1976, y que se entregó en 1980 con el significativo título de “Un Solo Mundo,
Voces Múltiples”.
Ese valioso
documento adelantó la crisis en que caía el sistema comunicativo a causa de su
concentración. Por eso fue estigmatizado como radical por los grandes
consorcios de la comunicación. Determinó una crisis en la UNESCO boicoteada por los
gobiernos conservadores de Estados Unidos y Gran Bretaña que lo atribuyeron a
la confrontación capitalismo/socialismo. Vale recordar que de los 16 miembros
de la Comisión
sólo dos provenían del Este socialista y el resto eran del primero y el tercer
mundo. Los latinoamericanos estuvimos representados por Gabriel García Márquez
y el chileno Juan Somavia.
La algarabía
fue tan escandalosa que los académicos y dirigentes gremiales que denunciaban
la concentración e incomunicación de los medios o propugnaban por regulaciones
profesionales y éticas en beneficio de los operadores fueron considerados
extremistas que amenazaban la libertad de prensa, claramente identificada como
libertad de empresa.
La reducción
del papel del Estado al compás del ritmo
neoliberal y la caída de las regulaciones terminaron por privatizar y
concentrar el espectro comunicativo a nivel mundial. El triunfalismo que generó
la estrepitosa caída del socialismo determinó que en Europa y en Estados Unidos
se cayeran todas las regulaciones que impedían que los dueños de los diarios
monopolizaran también los canales de televisión y emisoras de radio. En el 2004
la Corte Suprema
de Estados Unidos, a nombre de la libertad, removió los últimos escollos
legales a la concentración horizontal.
La
recuperación del papel del Estado en la regulación de los mercados y la
economía que se derivan forzosamente de la crisis que sacude al mundo debería
extenderse para impedir que la codicia humana amplíe aún más su dominio de la
comunicación audiovisual. Nunca debió permitirse, por ejemplo, que sólo dos
empresas controlen el 85 por ciento de la teleaudiencia mexicana. Gracias a las
concesiones de licencias estatales los ejecutivos de Televisa y TV-Azteca tienen la virtud de determinar lo
que es bueno y malo para más de 100 millones de mexicanos.
Los
periódicos no van a desaparecer ni la televisión dejará de ser un medio
informativo, pero tendrán que adaptarse a la revolución comunicativa que ha
creado el Internet y recuperar parte de la credibilidad que han perdido por su
verticalismo y elitismo. Aunque les resulte difícil desprenderse del maridaje
en que han caído con los poderes públicos y la política.
El periodismo
norteamericano alcanzó el cenit en la década del setenta primero con la
publicación de los Papeles del Pentágono y luego al develar el escándalo
Watergate, demostrando una gran independencia del poder político. Cayó en
picada tras la tragedia del 11 de septiembre, al subordinarse al gobierno en la
manipulación de la conciencia colectiva para justificar la invasión de Irak.
La crisis de
los periódicos arrastra a los periodistas y comunicadores en general, por lo
que todos tenemos parte en la reingeniería que deberá contenerla. Por de pronto
afecta el empleo y los niveles de vida de los trabajadores. Según la Asociación
de Prensa de Estados Unidos el número de periodistas contratados ha caído en 18
por ciento a partir de 1990.
El informe del
Centro para la Excelencia
del Periodismo, del 16 de marzo último, señala que los noticiarios de
televisión de Estados Unidos también están en problemas y que sus ingresos
cayeron en 7 por ciento durante el 2008, más significativo por haber sido un
año electoral. También informa que los canales televisivos locales están
recortando personal a niveles sin precedentes. En cambio pone en contexto que
los visitantes de los 50 principales periódicos digitales aumentaron 37 por
ciento en el mismo año.
El periodismo
dominicano, tiene sus particularidades pero no escapa a la crisis
internacional. Ya pasamos por lo peor de la concentración que hizo crisis con
las quiebras bancarias del 2003. Sólo el Banco Intercontinental llegó a
concentrar 4 diarios, 8 canales de televisión y 76 emisoras radiofónicas, además
de una red de telecable.
Tenemos un
parque mediático diverso que deja espacio a la criticidad y la pluralidad, en
algunos casos de forma extraordinaria. Pero hay excesiva dependencia del poder
del Estado, en medios y en comunicadores. El amplio espectro comunicativo se
desarrolló al amparo del Estado, por vía de exenciones fiscales, facilidades
cambiarias y energéticas, así como de una generosa publicidad, que durante los
últimos dos años rondó los 200 millones de pesos mensuales.
Eso podría
explicar que con un mercado de consumidores pequeño, seamos uno de los países
más comunicados del mundo. En marzo pasado el director del Instituto Dominicano
de las Telecomunicaciones, Rafael Vargas, aseguró que por extensión territorial
la República
Dominicana es el país con mayor cantidad de canales de
televisión y emisoras radiofónicas. Precisó la existencia de 98 empresas concesionarias de televisión por
cable, 44 canales de televisión abierta y 391 emisoras de radio. Además se
imprimen 8 diarios.
Los periodistas
y comunicadores dominicanos formulan muchas denuncias, reclaman políticas y
disienten del gobierno, pero no logran hacer opinión pública. Hacemos mucho
ruido pero no logramos un concierto para contener los excesos de los poderes
públicos. Al igual que en el béisbol tenemos buenos ejecutores individuales,
pero no logramos conformar un equipo ganador.
La expresión
más grave de la crisis es de orden ético y de una política puesta en marcha por
el actual gobierno de cooptar la mayor cantidad de comunicadores,
preferiblemente los que trabajan en los medios más importantes, incorporándolos
a las nóminas del Estado o financiándole programas de radio y televisión con
ingresos muy superiores a los limitados sueldos que pagan las empresas
periodísticas. La política no supone perseguir, ni siquiera marginar a los más
críticos, sino financiar a todo el que sea posible.
El actual
gobierno dispone de un tradicional canal televisivo y emisor de radio, pero
usufructúa varios de los canales y emisoras
incautados a Bininter. Además de una dirección de prensa, la presidencia
tiene una Oficina de Información Gubernamental, Y el presidente acaba de
informar la creación de una agencia informativa y de un canal que transmitirá
por la red global.
La
circunstancia de que dos de los principales diarios nacionales tengan a sus
propietarios presos y condenados por los fraudes bancarios del 2003 arrojas un
debilitamiento del poder contestatario y la capacidad real de operar como
medios de presión y contención de los poderes públicos.
Todavía no se
ha hecho un estudio que pueda explicar el fenómeno de ciudades y poblaciones
pobres dominicanas con prolongados apagones diarios pese a lo cual pueden
sostener tres y hasta cuatro canales de televisión por cable con múltiples programas periodísticos.
El periodismo
y la comunicación en sentido general están en crisis por todas partes del
mundo. El factor más determinante es su dependencia del poder del dinero cuando
no del Estado. Hace décadas que los diagnósticos indican que el sistema de propiedad,
la gran publicidad y los intereses políticos dominantes son los mayores límites
a la comunicación social.
Nadie tiene
una solución de esas limitaciones. La sustitución del poder privado por el
dominio estatal en la economía planificada y el socialismo real fracasaron como
alternativas.
La revolución
de la red digital global alienta esperanzas, por lo menos de opciones
alternativas para comunicar, para difundir información de interés para las
comunidades, de denunciar los actos lesivos a los supremos intereses
nacionales, de promover la justicia y el desarrollo humano.
Esa
alternativa ya está generando reacciones y la convicción de que el sistema
comunicativo empresarial tiene que renovarse y permitir en mayor grado la
reivindicación de la hipoteca social del periodismo.
Somos los
oficiantes del periodismo los que tenemos que reivindicar los principios de la
comunicación que implican hacer común las insatisfacciones y las luchas, las
aspiraciones y expectativas de compartir mejor los bienes que nos han dado la
naturaleza y el ingenio humano.
Nuestro
oficio, que según García Márquez es el mejor del mundo, tiene que ser renovado
en su calidad literaria, pero sobre todo en su profundidad, volviendo a las
fuentes de lo que Tom Wolfe y Michel Jonson acuñaron como nuevo periodismo, al periodismo de
interpretación, basado en la investigación libre, al periodismo cívico que
promueve ciudadanía y participación, al periodismo comunitario que rescata a
los excluidos.
El periodismo sigue siendo una de las profesiones
más riesgosas y peor pagadas del mundo. Pero hoy como ayer es también oficio de
quijotes, mezcla de sacerdocio y magisterio, actividad que busca rescatar las voces
de las mayorías excluidas, que sólo adquiere su real dimensión con la entrega a
los más sentidos intereses de la sociedad.
Corresponde a
los periodistas mantener encendidas las llamas del progreso, no sólo económico,
sino también social e institucional, las denuncias de todo género de
discriminación y exclusión, la lucha contra la corrupción y por la convivencia
pacífica entre pueblos, naciones y grupos sociales.
Para algunos
la hipoteca social del periodismo y de los periodistas se inscribe en el
renglón de las utopías. Pero las utopías de hoy han sido siempre las realidades
del mañana y algunos están llamados a mantenerlas vivas.
Ya hace años
algún cantor rindió tributo a los humildes gorriones de los diarios, proclamando
que no podían darse el lujo de callar, porque con el silencio calla la vida.
Para describir al periodista de ayer y hoy podemos tomar prestadas algunas estrofas de “Los
Portadores de Sueños” de la gran escritora nicaraguense Gioconda Belli:
Pero los
siglos y la vida
que siempre
se renueva
engendraron
también una generación
de amadores y
soñadores,
Hombres y
mujeres que no soñaron
con la
destrucción del mundo
sino con la
construcción del mundo
de las
mariposas y los ruiseñores.
Desde
pequeños venían marcados por el amor
detrás de su
apariencia cotidiana
guardaban la
ternura y el sol de medianoche.
Así fue como
proliferaron en el mundo los portadores de sueños
los llamaron
ilusos, románticos, pensadores de utopías.
Dijeron que
sus palabras eran viejas
y, en efecto,
lo eran porque la memoria del paraíso
es antigua al
corazón del hombre (y la mujer).-
Banquete de Gala del Colegio Dominicano de Periodistas
Seccional de Nueva York
Astoria World Manor, Queens
17 de Abril del 2009